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Sociedad
Allí donde la poleá sigue viva
Jugando a dos bandas
Ana María Vega y su hijo José Luis
García alternan en el restaurante El Duque de Medina platos clásicos con
otros tan innovadores como el helado de alfajor
TEXTO:
JOSÉ MONFORTE / FOTOS: ROMÁN RÍOS / CÁDIZ
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INNOVACIÓN.
José Luis combina tradición con la técnicas aprendidas a la sombra de estrellas
Michelín.
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José
Luis García ha conseguido que uno de sus platos, el helado de alfajor, se
haya convertido ya en una de las tarjetas de presentación de El Duque que
brilla ahora en un pueblo como Medina que empieza a consolidarse como un buen
destino para el turismo gastronómico. Es muy habitual que los restaurantes y
ventas de la zona ofrezcan a los postres degustar la Trinidad en dulce meinata: alfajores, tortas pardas y amarguillos, dulces
de ascendencia árabe que han dado fama a la población.
García se ha atrevido a innovar con el alfajor, el emblema de Medina, y lo
presenta en forma de helado, con lo que elimina su principal problema, su
contundencia. El joven cocinero realiza una base de helado a la que agrega
miel, uno de los componentes del alfajor y la propia masa de este rallada.
Luego lo presenta en la mesa sobre una crema de queso fresco y adornado con
virutas de alfajor y almendras.
Ahora su objetivo es preparar un postre con tortas pardas que rivalizará en
la carta con otro plato también aligerado: la poleá.
Esta crema que se realiza tan sólo con un poco de harina con leche y aceite
de oliva era uno de los postres de muchas casas de Cádiz durante la Posguerra... bueno,
postre o, a veces, plato único. Ahora en El Duque la poleá
es plato para sibaritas. Lo primero que llama la atención es la presentación,
unas pequeñas cacerolitas de hierro fundido que tienen como función mantener
caliente la poleá. José Luis
las encontró en Francia y se las trajo para el restaurante familiar. Su madre
se sorprendió cuando el joven metió las poleás en
un sifón metálico y transformó la crema en una ligera espuma. Madre e hijo
han logrado un resultado excepcional ya que la poleá
se presenta muy ligera y con el punto justo de ajonjolí, la especia que
también caracteriza a la repostería meinata. Por no
faltar detalle llevan hasta los coscorrones, pequeños trozos de pan fritos en
aceite. E l restaurante El Duque está a la entrada de Medina, después de
subir la empinada cuesta de la carretera de Chiclana.
Desde las cristaleras de su comedor principal se ve toda la comarca.
A primera vista es un espacio que recuerda a las ventas de toda la vida, de
esas que han logrado elevar una carne en salsa con abundantes papas fritas a
plato legendario. En la pequeña barra reinan los jamones colgados del techo,
brillantes de grasa, junto a morcillas, chorizos y un manojo de espárragos
recién cogidos. En la pared, carteles de toros; y, en los expositores, un
amplio surtido de bebidas largas de esas que gustan a los parroquianos.
Pero en el salón se ve un toque diferente. Sobre las mesas de madera y los
manteles blancos, bien lavaos, hay una vistosa flor roja. En la decoración,
al igual que en la cocina, se juega a dos bandas y los guisos tradicionales
que desde hace 30 años realiza Ana María Vega conviven con las nuevas
creaciones de su hijo, José Luis García, que se ha
atrevido a aligerar un poquito, con espuma realizada con un moderno sifón,
las exquisitas poleás que hace su madre.
José Luis tiene pasión por su madre. Gracias a ella
conoció la cocina. Desde los 16 años trabaja en el restaurante que fundaran su padre, José Luis
García, junto a ella, y que han convertido en uno de los referentes de la
cocina de la zona. Hace cuatro años añadieron al negocio un pequeño hotel y
mantienen hasta tres comedores con capacidad, en total, para unas 150
personas.
Ampliando fronteras
Pero
José Luis decidió a los 23 años ampliar fronteras y
se fue a la Escuela
de Hostelería de Cádiz, donde obtuvo el título de cocinero. Luego vendrían
prácticas con los grandes de la cocina andaluza, Benito Gómez en El Tragabuches de Ronda y Dani
García, con quien ha compartido trabajo en Calima de Marbella, un
privilegiado en Andalucía ya que cuenta con estrella Michelín. José Luis, por decirlo de alguna manera, ha visto el otro lado
de la cocina. Si junto a su madre había aprendido los secretos de la berza,
del lomo en manteca y a cómo utilizar la manteca colorá
para mejorar un brazuelo de cabrito, junto a estos maestros de la innovación
en la cocina ha podido ver cómo se deconstruye un
gazpacho, se utilizan las espumas, las reducciones, las cocciones a baja
temperatura y todas las claves de la cocina imaginativa.
En el verano de 2006 volvió al restaurante familiar donde también trabaja su
hermano Iván. Lo mismo está en la cocina que atendiendo las mesas «porque
esto es una empresa familiar y hay que echar una mano donde haga falta». Este
joven de 27 años es un defensor de la cocina tradicional, aunque considera
necesario innovar porque las técnicas evolucionan, pero cree fundamental
mantener las recetas de siempre. Por eso admira los platos de su madre que
siguen en lugares destacados de la carta junto a sus creaciones. Es
consciente de que los clientes van a El Duque buscando esos platos de siempre
porque cada día los pueden degustar en menos sitios pero estima, también, que
se pueden dar unos toques de imaginación a estas propuestas, sin perder, en
ningún momento, el respeto por la tradición.
Platos imprescindibles
En
la carta de El Duque aparecen platos imprescindibles en Medina como las
tagarninas esparragás con huevo o las cabrillas en
salsa. Con el lomo en manteca, madre e hijo ya trabajan juntos. Ella sigue
guisándolo jugoso, friéndolo lentamente en pella de cerdo aliñada únicamente
con ajo y laurel y él ha decidido presentarlo en unos pequeños molletes, que
se comen en dos bocados, consciente de que es un plato contundente pero
tremendamente atractivo.
Algo parecido ha ocurrido con otra de las estrellas de la casa: el rabo de
toro. En la carta aparece la receta materna, de carne tierna, salsa oscurita
e inevitables patatas como acompañamiento con unos innovadores raviolis de pasta italiana rellenos con carne de rabo de
toro desmenuzada y una salsa de queso por encima, un poco de influencia
italiana en un plato bandera del campo andaluz. Este último se sirve como
entremés al igual que unos pimientos rellenos de carne de caza.
José Luis también se muestra orgulloso de otras dos
incorporaciones suyas a la carta, un paté de perdiz y otro de venado en
escabeche, que permite presentar de forma diferente otro de los clásicos de
la zona: la caza. Esta también se sirve con arroz caldoso.
Para este joven cocinero visiblemente ilusionado con su trabajo y al que, a
pesar de su preparación, no se le caen los anillos por estar sirviendo cafés
con leche en la barra, una de las claves de su madre está en el empleo de la
manteca colorá para dar el punto a las salsas del
brazuelo de cabrito lechal o a la paletilla de cochinillo. Pocos ingredientes
bastan, porque la clave está en el punto justo con el horno y la calidad de
la materia prima. La carne llega a la mesa preparada tan sólo con un poco de
manteca, laurel, cebolla y poco más. Aquí José Luis,
también ha hecho una pequeña contribución y es un acompañamiento de crema de
manteca colorá, en la que esta se presenta
aligerada con puré de patatas
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